Siempre he sido un hombre sencillo. Durante toda
mi infancia, no me gustaba mucho jugar con mis vecinos de la cuadra, eran hijos
de personas poco humildes: altos ejecutivos, políticos, grandes deportistas. En
fin, ellos competían entre sí por el juguete más costoso, no les importaba lo
entretenido o divertido que fuera, simplemente que valiera unos pesos más que
el de los demás. Mis padres, dos importantes y reconocidos maestros, me podían dar cualquier juguete sin importar
el precio, pero yo nunca les pedí alguno, yo era feliz jugando fútbol con mi
papá y escuchando la historia del planeta entero de boca de mi mamá justo antes
de dormir.
A mis dieciséis, mis padres se hicieron dueños
de una reconocida e importante cadena de restaurantes en el país. Lujos y más
lujos empezaron a llegar a mi casa, sin embargo, siempre fui ajeno a ellos.
Mentiría si digo que no disfruté de la hacienda en el
oriente o la casa de sol en occidente, pues me gustaba disfrutar con unos
cuantos amigos. Las noches en la hacienda eran acompañadas por filosofías
emanadas desde lo más profundo de las copas de aguardiente y en las tardes de
sol en occidente, no faltaba la cerveza, la piscina y la música a todo volumen.
No obstante, prefería ver un partido de fútbol con mi papá o conversar con mi
mamá. Siempre hasta altas horas de la noche.
Mientras le daba la bienvenida a un nuevo año
junto a unos amigos, conocí a quién se convertiría en luz y oscuridad en mi
vida, remedio y enfermedad de mi alma, pregunta y respuesta de esa arma de
doble filo llamada amor. Cuánto daño y cuánta cura. Cuánto negro y cuánto
blanco. Cuánta rabia y cuánto amor. Unas cuantas palabras cruzadas esa noche
bastaron para conocer lo que al fin y al cabo me enamoraría: su sonrisa. Esa
sonrisa no me engañaba, era la que yo buscaba.
No me importaba si mi padre me invitaba a ver
fútbol o si mi madre quería charlar conmigo. No quería saber nada de la
hacienda de oriente o de pasar una tarde en occidente. No quería saber de mis
amigos o de mi, solo quería saber de ella. Días enteros conversando,
conociéndonos, riendo a carcajadas, e incluso hasta celándonos, sin embargo, no
había una sola noche en la que no durmiera con una sonrisa en mi cara por culpa
de ella. Fueron quince días mágicos: amor por aquí y por allí. Nada más. Todo
se acabó entre ella y yo y las cosas se quedaron como antes de conocerla. Todo
se quedó así, menos yo.
A mis diecinueve años me independicé. Mis
padres me querían regalar un apartamento muy lujoso en los suburbios de la
ciudad, pero les dije que quería un apartamento pequeño en el que pudiera
dormir, cocinar, leer y reunirme con amigos de vez en cuando. Mi mamá me mostró
decenas de apartamentos en las zonas más apetecidas de la ciudad y pretendía
que escogiera uno que detesté desde el primer momento que lo vi. Eran
doscientos metros cuadrados adornados con columnas de mármol y dividido en dos
habitaciones principales; una sería mi alcoba y la otra el estudio. Su sala
principal tenía un corredor que llegaba a un balcón inmenso del cual se podía
divisar toda la ciudad y confieso que era lo único que me llamaba la atención
de este apartamento, pero yo ya sabía lo que quería y no era lo que me estaba
ofreciendo mi mamá.
Después de buscar un apartamento ideal para mí
y mi sencillez que en este aspecto no fue tan sencilla, di con uno que cumplía
a cabalidad con lo que deseaba. Eran aproximadamente setenta metros cuadrados.
Una cocina pequeña con una barra de madera, un baño principal y otro en la
habitación principal, la cual iba a convertir en el estudio, pues allí pasaría
la mayoría del tiempo, la otra habitación sería mi alcoba. Un pequeño cuarto
con una ventana por la que entraba el sol en las primeras horas de la mañana. Y
por último, la sala principal que era amplia e iluminada por la luz del día que
entraba por un inmenso balcón del mismo tamaño del que había en el apartamento
que me había enseñado mi mamá. No tenía vigas de mármol, y no se parecía en
nada a lo lujoso del otro balcón, pero también tenía la hermosa vista de toda
la ciudad, esta vez, desde el otro lado.
Mis padres trataron de impedir a toda costa que
me quedara en ese apartamento, pasaban semanas mostrándome apartamentos
lujosísimos en toda la ciudad, hasta me propusieron que me fuera a vivir una
temporada a Florencia, Italia a un apartamento que Marco, un socio de mi padre,
estaría dispuesto a rentarme. Pero no quería eso, ni los apartamentos que mis
padres me ofrecían, yo ya sabía lo que quería y mis padres no podrían hacer
nada.
Cuando me fui a vivir a mi nuevo apartamento,
mis padres me ofrecieron – de nuevo – el cielo: los mejores muebles de ébano y
bibliotecas de cedro estaban a mi disposición, pero solo quería un sofá para la
sala, una biblioteca para el estudio y una cama para descansar. De mi casa,
traje el televisor, el X-Box, mi computador personal y unos libros que había
leído junto con otros que aspiraba leer. Mi madre llegó con elementos
indispensables, que, sin embargo eran los más costosos que encontró: una
nevera, un microondas y una lavadora, mientras trabajadores entraban con todo
eso, mi madre me decía en tono de regaño: “No pensarás vivir de domicilios y
lavandería, culicagadito” Yo simplemente sonreía dándole la razón. Solo un
cuadro estaba en mi apartamento, y fue uno que me dio mi papá ese mismo día.
Era una frase en italiano que decía en letra cursiva: “Dio benedica questa casa” (Dios bendiga esta casa). Mi padre la
había mandado a traer desde Italia con Marco, quien andaba de paso por la
ciudad.
Algunos meses después, mientras buscaba
desesperado un videojuego, encontré algo que nunca había imaginado volver a
ver. Era una especie de pulsera que me habían regalado. ¿Quién lo hizo?: ella.
¿Con qué motivo?: Siempre nos recordaremos. Una extraña energía brotaba de esa
manilla, pues tenía el poder de hacerme sonreír con nostalgia hasta llegar al
punto de lagrimear un poco. No sabía qué hacer esa tarde, ya había dejado de
buscar el videojuego, y me había dedicado a buscar otra cosa: una respuesta a
ese “¿Por qué no sucedieron las cosas entre ella y yo?”. Hay preguntas que
parecen no tener respuestas; si afirmo que no tienen, sería un mediocre a la
hora de buscarlas y si afirmo que todas tienen, sería un mediocre a la hora de
encontrarlas.
Desde aquel día, no hacía más que pensar en
ella; pensaba qué sería de su vida, si todavía vivía en la ciudad o si ya tenía
un amor. No hacía nada más aparte de pedir domicilios y llevar ropa a la
lavandería esperando no ser sorprendido por mi madre. Empecé una búsqueda
informal por medio de amigos y conocidos en común, quienes me contaron que aún
vivía en la ciudad y estaba a punto de ingresar a la universidad. Uno de sus
amigos, David, me dio su número de celular e inmediatamente lo recibí, no dudé
en marcar y esperar a escuchar de nuevo su voz. No contestó en el primer
intento y eso me permitió pensar con cabeza fría qué decirle aunque no sirvió
de mucho, pues aunque preparé mil discursos, no salió ninguno cuando respondió
la llamada.
– Aló – Una voz dulce y temblorosa con un tono
seco y contundente. No había dudas, era ella quien contestaba.
– ¿Cómo estás? – Le pregunté sin más ni menos.
– ¿Quién habla? – Respondió contundente.
– Soy yo. – Inmediatamente colgué el teléfono.
No fui capaz de seguir hablando con ella, ya
era suficiente con haber escuchado su voz. Pensé que después le podría volver a
llamar, así que guardé su número en mi agenda y me puse a estudiar un poco para
el examen que tenía al día siguiente. La universidad me estaba absorbiendo por
completo y ya no tenía tiempo para nada, ni cabeza para pensar en cosas que no
fueran documentos, exámenes o trabajos.
Pasó
mucho tiempo, quizá seis o siete años en los que no supe nada de ella. Yo ya
había terminado la universidad y estaba trabajando como gerente en uno de los
restaurantes de mis padres. Era un restaurante de comida hindú, galardonado internacionalmente
como uno de los mejores del mundo. La crema y nata de la ciudad se reunía en
los restaurantes de mi familia, y acostumbraban a cerrar negocios importantes
allí. Un día mi padre llamó a mi oficina y me dijo que me estaban necesitando
de urgencia en El Sazón de la Montaña, restaurante que administraba mi papá
directamente. Cogí mi portafolio, las llaves del auto y salí para allá de
inmediato.
No sabía qué podría estar pasando: por mi mente
pasaban muchos pensamientos, entre ellos, una oferta de trabajo en el exterior
de la que ya había sido advertido o que me quería conocer una modelo o actriz
famosa, incluso llegué a pensar que había embarazado a Lina, con quien había estado
saliendo. Me imaginé de todo, mi mente se hizo un magazín de películas, pero
nunca imaginé lo que en realidad era.
Cuando llegué a El Sazón de la Montaña, lo
primero que vi fue a mi padre conversando con una muchacha de pelo negro, ella
estaba de espaldas y yo me acerqué sin mucho reparo sobre ella. Saludé de beso
en la mejilla a mi padre y cuando giré para saludar a la muchacha y de repente,
un abrazo lleno de desconsuelo y desahogo calló sobre mí. No había visto su
rostro, pero yo ya sabía quién era. La abracé inmediatamente. Ella temblaba,
siempre lo había hecho y entre lágrimas
que terminaron por empapar mi traje, me decía que no la soltara nunca más,
porque había tardado años en encontrarme y quería permanecer conmigo el resto
de su vida. Mi padre se alejó para atender algunos asuntos del restaurante,
aunque creo que lo hizo simplemente por darme algo de intimidad en ese momento.
Después de estar abrazados durante casi cinco
minutos, me miró a la cara con esos ojos negros y rasgados que yo había
conocido muchos años atrás. Sonrió como solo ella sabe hacerlo y me dijo: “Te
amo”. Nunca olvidaré ese momento en que volví a ver su sonrisa, esa que alguna
vez me enamoró. No había terminado de decirlo cuando me besó.
Habían señores corriendo, mujeres gritando,
niños llorando. Había gente asustada, desmayada y aterrorizada. Yo no sentía
nada y parece que ella tampoco, pero había un joven que no pasaba de veinte
años disparando una ametralladora contra nuestros cuerpos. Mi padre corría
angustiado hacia nosotros, pero seguíamos en un beso que parecía y se
convertiría en eterno.
Así caímos al suelo: Abrazados. Más derrumbados
por el amor que por las balas, sonreíamos y moríamos felices.
Desperté en mi estudio y continué buscando
desesperadamente mi videojuego hasta que David, mi mejor amigo, me llamó y me
dijo que en la tarde pasaba por mi apartamento y me entregaba el videojuego que le había prestado la
semana pasada. Era el que tanto había buscado.
jajajajajajajaja quien es? soy yo! piiiiiii
ResponderEliminarQue cagada la ametralladora, una persona tan solitaria como se llega a interpretar y abaleado sin razón cuando el amor de su vida vuelve? O fue que estabas soñando compa!
ResponderEliminarPor que no un carrobomba de esos que estuvieron de moda o simplemente que te despertaste y te estaba besando el perro? Jajaja buen escrito!
Parcero, ¿por qué no volvió a escribir? Es entretenido leerlo.
ResponderEliminarYa mismo me pongo en esa tarea. Estuve ocupado con otras cosas.
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