viernes, 20 de julio de 2012

El Encuentro.


Siempre he sido un hombre sencillo. Durante toda mi infancia, no me gustaba mucho jugar con mis vecinos de la cuadra, eran hijos de personas poco humildes: altos ejecutivos, políticos, grandes deportistas. En fin, ellos competían entre sí por el juguete más costoso, no les importaba lo entretenido o divertido que fuera, simplemente que valiera unos pesos más que el de los demás. Mis padres, dos importantes y reconocidos maestros,  me podían dar cualquier juguete sin importar el precio, pero yo nunca les pedí alguno, yo era feliz jugando fútbol con mi papá y escuchando la historia del planeta entero de boca de mi mamá justo antes de dormir.

A mis dieciséis, mis padres se hicieron dueños de una reconocida e importante cadena de restaurantes en el país. Lujos y más lujos empezaron a llegar a mi casa, sin embargo, siempre fui ajeno a ellos. Mentiría si digo que no disfruté de la hacienda en el oriente o la casa de sol en occidente, pues me gustaba disfrutar con unos cuantos amigos. Las noches en la hacienda eran acompañadas por filosofías emanadas desde lo más profundo de las copas de aguardiente y en las tardes de sol en occidente, no faltaba la cerveza, la piscina y la música a todo volumen. No obstante, prefería ver un partido de fútbol con mi papá o conversar con mi mamá. Siempre hasta altas horas de la noche.

Mientras le daba la bienvenida a un nuevo año junto a unos amigos, conocí a quién se convertiría en luz y oscuridad en mi vida, remedio y enfermedad de mi alma, pregunta y respuesta de esa arma de doble filo llamada amor. Cuánto daño y cuánta cura. Cuánto negro y cuánto blanco. Cuánta rabia y cuánto amor. Unas cuantas palabras cruzadas esa noche bastaron para conocer lo que al fin y al cabo me enamoraría: su sonrisa. Esa sonrisa no me engañaba, era la que yo buscaba.

No me importaba si mi padre me invitaba a ver fútbol o si mi madre quería charlar conmigo. No quería saber nada de la hacienda de oriente o de pasar una tarde en occidente. No quería saber de mis amigos o de mi, solo quería saber de ella. Días enteros conversando, conociéndonos, riendo a carcajadas, e incluso hasta celándonos, sin embargo, no había una sola noche en la que no durmiera con una sonrisa en mi cara por culpa de ella. Fueron quince días mágicos: amor por aquí y por allí. Nada más. Todo se acabó entre ella y yo y las cosas se quedaron como antes de conocerla. Todo se quedó así, menos yo.

A mis diecinueve años me independicé. Mis padres me querían regalar un apartamento muy lujoso en los suburbios de la ciudad, pero les dije que quería un apartamento pequeño en el que pudiera dormir, cocinar, leer y reunirme con amigos de vez en cuando. Mi mamá me mostró decenas de apartamentos en las zonas más apetecidas de la ciudad y pretendía que escogiera uno que detesté desde el primer momento que lo vi. Eran doscientos metros cuadrados adornados con columnas de mármol y dividido en dos habitaciones principales; una sería mi alcoba y la otra el estudio. Su sala principal tenía un corredor que llegaba a un balcón inmenso del cual se podía divisar toda la ciudad y confieso que era lo único que me llamaba la atención de este apartamento, pero yo ya sabía lo que quería y no era lo que me estaba ofreciendo mi mamá.

Después de buscar un apartamento ideal para mí y mi sencillez que en este aspecto no fue tan sencilla, di con uno que cumplía a cabalidad con lo que deseaba. Eran aproximadamente setenta metros cuadrados. Una cocina pequeña con una barra de madera, un baño principal y otro en la habitación principal, la cual iba a convertir en el estudio, pues allí pasaría la mayoría del tiempo, la otra habitación sería mi alcoba. Un pequeño cuarto con una ventana por la que entraba el sol en las primeras horas de la mañana. Y por último, la sala principal que era amplia e iluminada por la luz del día que entraba por un inmenso balcón del mismo tamaño del que había en el apartamento que me había enseñado mi mamá. No tenía vigas de mármol, y no se parecía en nada a lo lujoso del otro balcón, pero también tenía la hermosa vista de toda la ciudad, esta vez, desde el otro lado.

Mis padres trataron de impedir a toda costa que me quedara en ese apartamento, pasaban semanas mostrándome apartamentos lujosísimos en toda la ciudad, hasta me propusieron que me fuera a vivir una temporada a Florencia, Italia a un apartamento que Marco, un socio de mi padre, estaría dispuesto a rentarme. Pero no quería eso, ni los apartamentos que mis padres me ofrecían, yo ya sabía lo que quería y mis padres no podrían hacer nada.

Cuando me fui a vivir a mi nuevo apartamento, mis padres me ofrecieron – de nuevo – el cielo: los mejores muebles de ébano y bibliotecas de cedro estaban a mi disposición, pero solo quería un sofá para la sala, una biblioteca para el estudio y una cama para descansar. De mi casa, traje el televisor, el X-Box, mi computador personal y unos libros que había leído junto con otros que aspiraba leer. Mi madre llegó con elementos indispensables, que, sin embargo eran los más costosos que encontró: una nevera, un microondas y una lavadora, mientras trabajadores entraban con todo eso, mi madre me decía en tono de regaño: “No pensarás vivir de domicilios y lavandería, culicagadito” Yo simplemente sonreía dándole la razón. Solo un cuadro estaba en mi apartamento, y fue uno que me dio mi papá ese mismo día. Era una frase en italiano que decía en letra cursiva: “Dio benedica questa casa” (Dios bendiga esta casa). Mi padre la había mandado a traer desde Italia con Marco, quien andaba de paso por la ciudad.

Algunos meses después, mientras buscaba desesperado un videojuego, encontré algo que nunca había imaginado volver a ver. Era una especie de pulsera que me habían regalado. ¿Quién lo hizo?: ella. ¿Con qué motivo?: Siempre nos recordaremos. Una extraña energía brotaba de esa manilla, pues tenía el poder de hacerme sonreír con nostalgia hasta llegar al punto de lagrimear un poco. No sabía qué hacer esa tarde, ya había dejado de buscar el videojuego, y me había dedicado a buscar otra cosa: una respuesta a ese “¿Por qué no sucedieron las cosas entre ella y yo?”. Hay preguntas que parecen no tener respuestas; si afirmo que no tienen, sería un mediocre a la hora de buscarlas y si afirmo que todas tienen, sería un mediocre a la hora de encontrarlas.

Desde aquel día, no hacía más que pensar en ella; pensaba qué sería de su vida, si todavía vivía en la ciudad o si ya tenía un amor. No hacía nada más aparte de pedir domicilios y llevar ropa a la lavandería esperando no ser sorprendido por mi madre. Empecé una búsqueda informal por medio de amigos y conocidos en común, quienes me contaron que aún vivía en la ciudad y estaba a punto de ingresar a la universidad. Uno de sus amigos, David, me dio su número de celular e inmediatamente lo recibí, no dudé en marcar y esperar a escuchar de nuevo su voz. No contestó en el primer intento y eso me permitió pensar con cabeza fría qué decirle aunque no sirvió de mucho, pues aunque preparé mil discursos, no salió ninguno cuando respondió la llamada.

– Aló – Una voz dulce y temblorosa con un tono seco y contundente. No había dudas, era ella quien contestaba.

– ¿Cómo estás? – Le pregunté sin más ni menos.

– ¿Quién habla? – Respondió contundente.

– Soy yo. – Inmediatamente colgué el teléfono.

No fui capaz de seguir hablando con ella, ya era suficiente con haber escuchado su voz. Pensé que después le podría volver a llamar, así que guardé su número en mi agenda y me puse a estudiar un poco para el examen que tenía al día siguiente. La universidad me estaba absorbiendo por completo y ya no tenía tiempo para nada, ni cabeza para pensar en cosas que no fueran documentos, exámenes o trabajos.

 Pasó mucho tiempo, quizá seis o siete años en los que no supe nada de ella. Yo ya había terminado la universidad y estaba trabajando como gerente en uno de los restaurantes de mis padres. Era un restaurante de comida hindú, galardonado internacionalmente como uno de los mejores del mundo. La crema y nata de la ciudad se reunía en los restaurantes de mi familia, y acostumbraban a cerrar negocios importantes allí. Un día mi padre llamó a mi oficina y me dijo que me estaban necesitando de urgencia en El Sazón de la Montaña, restaurante que administraba mi papá directamente. Cogí mi portafolio, las llaves del auto y salí para allá de inmediato.

No sabía qué podría estar pasando: por mi mente pasaban muchos pensamientos, entre ellos, una oferta de trabajo en el exterior de la que ya había sido advertido o que me quería conocer una modelo o actriz famosa, incluso llegué a pensar que había embarazado a Lina, con quien había estado saliendo. Me imaginé de todo, mi mente se hizo un magazín de películas, pero nunca imaginé lo que en realidad era.

Cuando llegué a El Sazón de la Montaña, lo primero que vi fue a mi padre conversando con una muchacha de pelo negro, ella estaba de espaldas y yo me acerqué sin mucho reparo sobre ella. Saludé de beso en la mejilla a mi padre y cuando giré para saludar a la muchacha y de repente, un abrazo lleno de desconsuelo y desahogo calló sobre mí. No había visto su rostro, pero yo ya sabía quién era. La abracé inmediatamente. Ella temblaba, siempre lo  había hecho y entre lágrimas que terminaron por empapar mi traje, me decía que no la soltara nunca más, porque había tardado años en encontrarme y quería permanecer conmigo el resto de su vida. Mi padre se alejó para atender algunos asuntos del restaurante, aunque creo que lo hizo simplemente por darme algo de intimidad en ese momento.

Después de estar abrazados durante casi cinco minutos, me miró a la cara con esos ojos negros y rasgados que yo había conocido muchos años atrás. Sonrió como solo ella sabe hacerlo y me dijo: “Te amo”. Nunca olvidaré ese momento en que volví a ver su sonrisa, esa que alguna vez me enamoró. No había terminado de decirlo cuando me besó.

Habían señores corriendo, mujeres gritando, niños llorando. Había gente asustada, desmayada y aterrorizada. Yo no sentía nada y parece que ella tampoco, pero había un joven que no pasaba de veinte años disparando una ametralladora contra nuestros cuerpos. Mi padre corría angustiado hacia nosotros, pero seguíamos en un beso que parecía y se convertiría en eterno.

Así caímos al suelo: Abrazados. Más derrumbados por el amor que por las balas, sonreíamos y moríamos felices.

Desperté en mi estudio y continué buscando desesperadamente mi videojuego hasta que David, mi mejor amigo, me llamó y me dijo que en la tarde pasaba por mi apartamento y me entregaba el videojuego que le había prestado la semana pasada. Era el que tanto había buscado.



4 comentarios:

  1. jajajajajajajaja quien es? soy yo! piiiiiii

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  2. Que cagada la ametralladora, una persona tan solitaria como se llega a interpretar y abaleado sin razón cuando el amor de su vida vuelve? O fue que estabas soñando compa!
    Por que no un carrobomba de esos que estuvieron de moda o simplemente que te despertaste y te estaba besando el perro? Jajaja buen escrito!

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  3. Parcero, ¿por qué no volvió a escribir? Es entretenido leerlo.

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